miércoles, 26 de noviembre de 2008

sin libertad no hay arte ni libertad

La autonomía del arte es una de las compañeras inseparables del proyecto ilustrado. Eso no quiere decir que, en la actualidad, el arte o la cultura de encargo hayan desaparecido. Hoy, como ayer, sigue habiendo profesionales en todos los ámbitos que producen gustosamente al dictado de quienes estén dispuestos a pagar por ello. Sus resultados pueden llegar a ser excelentes e incluso considerarse artísticos, pero siempre carecerán de la especial consideración que acompaña al genuino arte moderno. Ello no es óbice para que hoy esté comúnmente aceptado que muchos de estos productos, aunque hayan sido directamente diseñados para el consumo y carezcan del (des)interés que por definición debiera caracterizarles -Kant hablaba de finalidad sin fin-, forman parte del ámbito expandido del arte contemporáneo. En este saco, en el que cabe absolutamente de todo, lo verdaderamente difícil es discernir qué es lo que tiene algún tipo de valor al margen de su ideología y de su inmediata utilidad. Y para ello es para lo que entre tod@s construimos y mantenemos eso que se conoce como institución Arte. A su abrigo se han desarrollado una serie de organismos especializados (museos, conservatorios, fundaciones, facultades, etc.) que son los encargados de investigar, debatir y concluir qué es lo que, en cada momento, al conjunto de la ciudadanía le interesa promover o conservar en el ámbito de las artes. Respecto a sus apreciaciones se podrá estar de acuerdo o disentir pero sí que existe consenso en admitir que, al igual que los artistas, todas ellas necesitan de plena libertad de criterios y de gestión, so pena de que sus servicios terminen por no servir(nos) absolutamente para nada.